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  • Foto del escritorSantiago Maza

TE TUVE Y TE PERDÍ

Actualizado: 13 ene 2022

Álbum: Te tuve y te perdí

Música: Mane de la Parra

Año: 2014



Hoy te voy a ser sincero / Desde que te perdí / Una parte de mi / Se ha ido muriendo lento.


¡Qué buen inicio para la oración! Te voy a ser sincero. Esos son los momentos que valen la pena. Cuando nos ponemos en presencia de Dios, nos quitamos la máscara y el disfraz, nos desnudamos en frente de Dios y de nosotros mismos... y nos vemos tal cual somos. Así soy: con estas cosas buenas y con estas cosas malas. Con estas virtudes y con estos vicios. Con estas ganas de mejorar que todavía no concreto y con este remordimiento de saber que podría ser mejor. Y esos momentos de lucidez y de sinceridad, tristemente, son más frecuentes en las malas: en la tragedia, en la caída.

Desde que te perdí... que feo es perder a Dios. Maria y José lo perdieron 3 días en Jerusalén y la pasaron muy mal. ¿Nos pesa perder a Jesús? ¿Nos urge encontrarlo cuando lo perdemos? Porque si somos sinceros, nos daremos cuenta de que cada vez que perdemos a Dios, vamos muriendo lento.

Es horrible perder a Jesús (perder la gracia en general). Pero esta canción también la podemos referir a cuando se pierde la vocación: una parte de mi –¡que es la más importante!– ha ido muriendo lento.

Hoy me ha confirmado el tiempo... Qué pena que solo el tiempo confirma estas cosas. En el momento no nos damos cuenta. El que pierde la vocación, solo se da cuenta después de que ha pasado un buen periodo de tiempo, ¿y qué pasará cuando llegue al cielo?

Que poco a poco / Mi egoismo fue matando / Todos nuestros sueños

Es el egoísmo el que lleva a perder la vocación. Cuando Dios llama a la entrega total y generosa... es el egoísmo el que no cede y se convierte en nuestro peor enemigo: va matando todos nuestros sueños. No tiene un mejor sueño, solo los mata. Nadie se cree, en serio, el centro del universo. Nadie se cree lo mejor que ha pasado en la historia de la humanidad. Y sin embargo, muchos nos ponemos por encima de todo lo demás. Yo antes que tú... y qué todos. Con el tiempo, el egoísta se da cuenta de que no es feliz. La felicidad está en salir de uno mismo. La felicidad propia está en buscar la felicidad ajena. Mi felicidad consiste en ayudar a que los demás sean felices. El generoso está feliz en una fiesta... el egoísta está tristemente solo.

Lo peligroso del egoísmo es que siempre se puede ser más egoísta. Si no se rectifica, a eso se le llama infierno: a estar completamente solo para siempre (sabiendo que pudo haber sido distinto). El egoísta trata de excusarse olvidando o evitando la realidad: Hoy voy a curar mi alma / Voy a olvidarme / De todas las cosas lindas / Que tu a mi me dabas... pero eso no cura el alma. Lo que realmente la cura es el cambio: el arrepentimiento. Hoy te juro me arrepiento / Debí de amarte / Como tu me amabas / Y no escuchar mi ego.

A todos nos puede pasar esto. Todos caemos en distintos momentos de la vida. A veces son caídas pequeñas y a veces son más grandes. Por eso, con la vocación no se juega. Es el tesoro más grande –después de la vida– que nos ha dado Dios. Y la clave es esa: intentar amarlo como Él nos ama... Jesús nos quiere con locura, y estamos llamados a quererlo con locura. Dejar el ego atrás y corresponder al cariño que Dios nos da, eso es lo importante.

Si te preguntan por mi / Respóndeles que por las nubes me perdí / Que seguí caminando / Que te solte la mano / Que me olvide de todo / Lo que siempre había soñado.

¡Que no nos pase esto! La vocación se cuida con todo tipo de cuidados, el primero, nunca soltar la mano de Dios. Sólo se puede recorrer el camino cristiano de la mano de Jesús y de María. Por eso, para cuidar la vocación, lo más importante es nuestra relación con Jesús: hacer oración, ser más piadosos, tratarlo mucho, enamorarnos de Él, conocerlo mejor, etc.

Después, no perdernos por las nubes: fantasías de la imaginación o proyectos que parecen prometedores. Que ningún proyecto, por más atractivo que parezca, nos haga olvidarnos de lo que siempre había soñado. ¿Y qué es eso que siempre había soñado? Para el que responde a una vocación, el sueño más grande es cumplir la voluntad de Dios con la ilusión de darle una gran felicidad y luego pasar la vida eterna junto a Él. Ese es el sueño... y eso es lo que no se negocia, ni por los mejores tesoros de la tierra.

Si me preguntan por ti / Dire que yo tu amor / Jamás lo merecí / Que todo me entregaste / No supe valorarte...

La vocación es inmerecida y es súper importante tener eso claro. Nadie puede presumir tener cierta vocación, pues no hay ningún mérito de su parte. Dios llama a quien quiere, cómo quiere, cuando quiere... No merecemos la vocación. No merecemos ni su amor. Nos lo entrega todo gratis... con el típico problema de lo gratis: a veces no sabemos valorarlo.

Que fui borrando todo / Lo que un día te prometí / Que yo te tuve y te perdí

Borrando lo que habíamos escrito y repetido mi veces: que queríamos serle fieles hasta la muerte. ¡Qué pena que nos echemos para atrás! ¡Qué pena haber tenido vocación... y perderla!

No se puede regresar el tiempo / Ni cambiar la historia de este cuento / Es difícil aceptar que te perdí.

Evidentemente la misericordia de Dios es infinita y siempre podemos emprender el camino al cielo. Pero Dios respeta nuestra libertad y por eso no insiste demasiado. Dios pasa a nuestro lado en un momento específico de la vida a plantearnos seguirlo más de cerca. Pasa, habla y sigue caminando con la ilusión de que le sigamos. Espera nuestra respuesta, pero no espera parado porque las almas no pueden esperar.

Cuando Dios llama podemos decir que sí y que no. Que podamos decir que no es padre en la parte teórica, pues palpamos nuestra libertad. ¡Pero lo más increíble de todo es que podamos decir que sí! Que Dios quiera contar con nosotros y que además nos lo pregunte es el colmo de los colmos. El rey del mundo y creador del universo haciendo propuestas a la criaturas. A ver si quieren ayudarle a terminar la creación.

Una vez aceptada la invitación y emprendido ese camino, ojalá cuidemos la propia vocación como nuestro tesoro más preciado. Es difícil aceptar que te perdí... Que yo te tuve y te perdí.


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